Con el auspicio de :

Amasijo para el alma

Edición: 
XII Edición 2015
Autor: 
Humberto Clavería

El viento sopla moviendo los espesos nubarrones que surcan veloces el cielo que cubre el pequeño bosque. Velada la luz del sol en el cénit por la densa capa negra que se forma en lo alto, Hobart espera con gran expectación la tormenta que se aproxima.
Betty, que sigue a su hermano Hobart como la sombra, también llegó al bosquecito hace tan solo unos minutos y se montó sobre una rama quebrada del árbol que adora. Como todos los días, está embelesada con los insectos que suben y bajan por el tronco centenario, con los hongos oscuros y las plantas parásitas que lo cubren, y con un diminuto gusano rosado que sale de las entrañas de la corteza como si, con él, se le escapara la vida al árbol.

El primer trueno retumba a lo lejos con el bramido propio de los aguaceros estivales. Hobart extiende la mano hacia el cielo con la grabadora lista para captar cada estruendo. La incandescencia de un relámpago ilumina el bosque que escapa al patio de la escuela, anunciando así el estallido cercano que fragmentará el silencio del paraje.

Es jueves y los niños salieron temprano. Ni Hobart ni Betty piensan en el almuerzo que la madre les mandó y que descansa indiferente en sus mochilas. En la última visita, Hobart le pidió al médico que bajara la dosis de su medicamento porque había dejado de sentir lo que siempre sentía al escuchar las tempestades. Betty, en cambio, a sus once años nunca ha podido hablar con el doctor de lo que siente porque su recluido mundo casi no tiene palabras; ella preferiría transformarse en hormiga, entrar al corazón del árbol que tanto ama, por aquella rendija casi imperceptible, y refugiarse ahí, bañada para siempre por la savia fresca.

Para Hobart no hay nada mejor que este rugir celeste; sabe bien que los truenos que le sigan serán todos diferentes, tan diferentes como lo es su mente. Tras grabarlos los escuchará mezclados con su pieza musical favorita: Crisantemi. Giacomo Puccini. Sabe que en la penumbra de su habitación, con los audífonos puestos, sentirá el amasijo sonoro vibrar mil veces en su oído absoluto hasta acercarlo a la locura con la extraña mezcla de placer y tristeza, los acordes menores y la languidez de aquella melancólica melodía que satura el mundo solitario y misterioso que lo aprisiona, suavizando la incontrolable ansiedad que tiene incrustada en el alma.

Hobart camina absorto por el sendero bajo las nubes arremolinadas, esperando nuevas estridencias después de cada resplandor que cruza el cielo ennegrecido. Se detiene y vuelve a elevar la mano para registrar los sonidos que le fascinan y lo llenan de vida. Es entonces cuando la lluvia se precipita como látigo sobre su cuerpo joven y frágil. Hace un alto en espera de otro trueno: ahí viene, lo siente, lo anticipa febril. El diluvio se desliza por su rostro imberbe de piel lechosa y suave, filtrando su frialdad bajo la camiseta, mojándole la ropa interior, despertándole todos los sentidos.

Una nueva pausa y graba la siguiente descarga.

De pronto, más allá de la densa cortina de agua que cae como catarata, divisa a Betty, menuda, indefensa y empapada, asida al tronco, extasiada observando algo inaprehensible en los confines misteriosos de la corteza, abandonada a su universo mágico y habitada por el dolor de evocar a la madre incapaz de entrar en su vida y convertirse en su aliada infinita. Con los ojos perdidos en la madera casi podrida, Betty no parece sentir la tormenta.

Otro poderoso rayo se desprende del cielo y aterriza muy cerca de los niños. Hobart llega hasta Betty y la toma de la mano, sacándola de su embrujo, para guarecerla en la cabaña de emergencias. En el sofá destartalado la abriga con una frazada y le seca el pelo que estila lluvia. Betty tirita entumecida y castañetea los dientes sin despegar la mirada del ventanal por donde todavía puede ver el árbol que la cautiva. – ¿Estás bien? –pregunta Hobart. Ella asiente con un sonido gutural y vuelve de inmediato la mirada a la ventana. Hobart la abraza con ternura y dedica un pensamiento fugaz a quienes se ríen de ellos a la salida del colegio.

Y mientras esperan que la lluvia amaine, a la distancia aún resuenan algunos truenos que se alejan y que Hobart, en diestro hábito, ya ha mezclado en su lúcida imaginación con los acordes sombríos de aquella, su pieza musical predilecta.