Con el auspicio de :

Guerreras

Edición: 
XII Edición 2015
Autor: 
Erika Roostna

Hay miedos que dan valentía; pero hay valentías que son por amor. Y esa noche, tras el murmullo de la nieve que se posaba sobre el pequeño valle, las siete mujeres y nueve niños, se agazaparon tras unos arbustos, escondiéndose de la luna que prometía peligro.

Un tufo a pólvora flotaba en el aire, e Ilse, la mujer más menuda y la más osada, les hizo a las demás una señal de silencio. Ella era de las que les organizaba el mundo a todos con gracia y belleza, pero últimamente su aristocracia había sido puesta a prueba por la pobreza y la incertidumbre. Espantó el fantasma de miedo atravesado en el pecho y midió la distancia al cobertizo. En el momento preciso, las apuró. Una a una, se acurrucaron en la paja como pudieron. Ofrecieron pan a sus hijos, mientras ellas se iban poniendo flacas y grises. Les costaba tragar la realidad, les era difícil digerir su historia, de dónde venían y hacia dónde iban. Como sonámbulas, marchaban de día, y como indigentes se refugiaban por las noches. Por ahora solo sabían avanzar, buscando lo que quedaba de una paz que quizás nunca volverían a sentir, cual aroma de un perfume derramado.

Un bebé comenzó a gemir en la oscuridad y por momentos algo parecido al espanto se apoderó de las mujeres. La madre lo acunó en su pecho dulce y tibio, y solo entonces hubo un respiro colectivo.

Con muestras de fatiga, Ilse se acomodó en una esquina cerca del portón, y en ese abismo borroso de la mitad de la noche, abrigó las esperanzas que no tenía para mantener caliente a su hijo, Arne. Ella frunció el ceño; estaba harta de la sangre derramada, el hedor a muerte y los pueblos desolados que le seguían cruzando la mente. No podía deslastrarse de la imagen del caballo destrozado por una mina a la orilla del camino, ni la del hombre con los sesos desparramados por su propia bala antes de caer en manos hostiles. Había imaginado de otro modo su vida, pero el futuro era impreciso, abstracto, terrorífico. Acarició los bucles dorados de su pequeño y la bañó por dentro una alegría lejana, pues esos ojitos de querubín le daban la fuerza de seguir adelante. Él era el verdadero futuro.

Lentamente, los otros niños se fueron quedando dormidos, abrazados a sus muñecos y a sus madres. Ellas, las mujeres, yacieron en el letargo de una duermevela.

Un estruendo las despertó y en el pánico instantáneo de quien sale de una pesadilla a una peor realidad, escondieron a sus hijos tras sus faldas. Una manada de soldados entró al cobertizo con sus fusiles y su odio. Las reconocieron con la ceguera con la que se reconoce al enemigo. Revisaron todo con sus bayonetas, mientras otros temblaban y las apuntaban. Ahí al lado de las cabras, entre la paja, se asomó el cañón de una pistola. El capitán, tan implacable a punta de tantas victorias, acarició el arma como si hubiese encontrado la razón de su guerra. Y sin juicios necesarios, emitió el veredicto con frialdad. Ellas eran criminales de guerra sin importar sus nombres ni sus historias. La sentencia era la muerte por fusilamiento.

Amanecía y el patio estaba cubierto en una niebla mezclada con el aura de la muerte. Las pararon contra un muro de piedras, y aún con una punzada en el diafragma que no las dejaba respirar, se negaron a que les vendaran los ojos. Dieron gracias a Dios que, por alguna extraña razón, los niños estaban en silencio. Dos soldados revisaron algunos bolsos de las mujeres, buscando más evidencias entre las piezas de ropa, galletas secas y una ocasional pintura de labios. El tiempo, inexorable y lento, es una tortura para quienes conocen el destino que está aún por llegar, pero ellas estaban paradas con el mentón en alto, esperando que no las traicionara el pavor.

Por un momento Ilse pensó que quizás era mejor así, terminar con este martirio de huir de una buena vez. Muertas, ya no sufrirían más este destierro. Esta vida que no era vida, dolía mucho, pero ella las había traído hasta aquí para ser libres, no para morir en el intento. Les debía la vida y ellas, a sus hijos. Tomó una bocanada de aire, mientras los soldados iban formando la fila del pelotón. Con su hijo tomado de su mano, se acercó al capitán con la firmeza de quien tiene la verdad. Levantó la cara, lo encañonó con la mirada y su fulgor hizo que él diera un paso atrás apenas imperceptible.

― Solo somos madres e hijos huyendo de la guerra. Esa arma no es nuestra―dijo Ilse con la seguridad pausada de una tigra.

―Tienes pinta de saber usarla― la midió el capitán, con la mano en el cinto.

―Si supiera usarla, ni tu ni ninguno de los tuyos estarían vivos.

La suavidad de la neblina se fue disipando con los tenues rayos del sol naciente. Arne, sin soltarse de la mano de su madre, comenzó a sollozar calladamente. Ilse lo tomó en brazos y comenzó a cantarle una canción de cuna. Una a una, en un son rebelde, las otras mujeres la siguieron con sus nanas, cadencias universales que cruzan todas las comarcas y todos los corazones. El denso arrullo de sus voces, esa que da el cobijo de la seguridad, se expandió sobre el patio como una dulce onda y los soldados se debatieron entre el recuerdo ancestral del amor más puro y el espejismo de un enemigo.

El capitán levantó su sable, y empujó a Ilse a la fila. Su grito de “Preparen” se confundió con el canto de los gallos, mientras conjuraba en silencio sus canciones de batalla, como contra del hechizo maternal que lo acunaba. Sonaron los chasquidos de las armas cargadas. Pero arropados por las melodías, los soldados añoraron el regazo de sus madres, nunca olvidadas en la tristeza de la guerra.

La orden de “Apunten” se le trabó en la garganta. Él trató de no dispersarse, asiéndose al su bastón con la mano crispada. Ilse volvió a dar un paso al frente. Los soldados tuvieron la certeza que quizás en esos momentos, alguien los estaba llorando como si estuviesen muertos. Dicen las lenguas que hubo un segundo en vilo, ese instante en que mujeres y soldados se midieron las fuerzas, pero como siempre, el amor de madre es la mayor victoria.

Mientras las mujeres y sus pequeños fueron desapareciendo en el recodo del camino, Ilse miró atrás por última vez, y levantó la mano en son de despedida. Los soldados respondieron desde lejos, aun secándose las lágrimas. En un respiro, Ilse esbozó una pequeña sonrisa y con un respiro sintió el alivio del metal frío de la pistola que llevaba escondida en la falda.