Con el auspicio de :

Mar de vuelta

Edición: 
XII Edición 2015
Autor: 
PRIMER PREMIO - Cari Caballero

Son jóvenes, no desean ser vistos.  Caminan deprisa por las aceras escuetas de la zona asfaltada y siguen luego hacia los barrios por las calles de arena.  Una tarde, dos tardes remotas que ya se confunden.  Breves retazos de conversaciones, detalles aislados, murmullos.  Niños de piel tostada y pelambres multicolores correteando sin tregua, jugando al escondite hasta el anochecer.  Emprenden el regreso en lo oscuro, a través de los pinos.  Como un eco, empujada por la brisa, llega la música de una película proyectada al cielo raso.  En cuanto pase el verano, se acabarán los cines y las fiestas y el mar llenará las horas.

Perdió la mañana recorriendo las calles del pueblo, deteniéndose en las plazuelas y observando las fachadas de las casas, como si nunca las hubiera visto antes.  Quiso llegar al puerto por la carretera de los pinos, pero no halló la senda.  En donde estuvo el pinar había hileras de viviendas, canchas de tenis, calles privadas cerradas al tráfico.  Retornó al borde de la costa para entrar por la avenida principal.  El trazado de la parte antigua lo recordaba bien.  El hotel y la farmacia seguían plantados en las esquinas de siempre, como también la iglesia de la torre redonda.  Dando vueltas, llegó al paseo frente al mar.

Por la tarde, Teresina salió a su encuentro para darle noticias de cuando estuvo ausente.  Le habló de gente conocida y de historias que ya le había contado antes.  ¿Por qué repetía siempre las mismas cosas?  Pormenores de los arreglos que había hecho en su casa, el asunto de una prima que se había vuelto a casar, la última vez que hubo un incendio o alguna otra catástrofe... 

Una bandada de gaviotas se acercaba a la orilla, aterrizando con destreza de aeroplanos y formando un tremendo alboroto.  Su amiga tuvo que alzar la voz para hacerse oír.

--¿Y qué vas a escribir, ahora que has vuelto?--preguntó Teresina, enarcando las cejas y dejando su monólogo en suspenso. 

Después, la vio incorporarse y marcharse por donde había venido.  Se alejaba despacio, oscilando ligeramente las caderas al hundir los pasos en la arena, hasta desaparecer del todo.  Las gaviotas dejaron de graznar enloquecidas y se hizo el silencio. 

Se estaba haciendo tarde.  Los últimos destellos del sol poniente se reflejaban sobre el agua, dejando el resto en penumbra.  Al fondo del paseo, un marinero vendía la carga que llevaba en una carretilla.  Le rodeaba un pequeño grupo de dos o tres personas.

--¿Qué hay?--preguntó informalmente.

--Caballa fresca—contestó el hombre.

El montoncito de peces negros y alargados brillaba a la luz de una farola.  Le tendió unos billetes de plástico que llevaba en el monedero, sin contarlos, porque no podía verlos bien.

--Oiga, usted—dijo el marinero, bajando la voz--, ese dinero es falso.

--El dinero siempre es falso—le respondió.

Guardó los billetes y se quitó el reloj de pulsera que llevaba puesto.

--Quédese con esto, si quiere—le dijo, ofreciéndole el reloj.

El hombre miró el reloj, la miró a ella y negó con la cabeza.  Envolvió dos caballas en un trozo de papel grueso y se las entregó, sin decir nada más.  Un hilo de sangre se asomaba por la boca de aquellos peces muertos.  Siguió andando por el paseo, pero en seguida volvió la cabeza y descubrió que el marinero y su carretilla ya no estaban.  La venta ambulante llevaba prohibida desde antes del cambio siglo, luego aquello eran sombras de una escena ocurrida en otro tiempo.  Sin embargo, los pescados húmedos seguían dentro de su bolsa, espantándola con la mirada de ansia que traían clavada en los ojos.  Se acercó a la orilla, a soltarlos en el agua.

--Elena--la llamaba su hermano--.  ¿Has encontrado alguno? 

Estaban buscando cangrejos en la parte donde hay rocas y fango.  El traía cinco o seis en un cubo de plástico, lo volteaba, agachándose, y los dejaba salir a esconderse, tímidos, en sus agujeros de barro.  El color del cielo cambiaba, anunciando tormenta, y salían corriendo para volver a casa. 

Atrás quedaba el paseo, con sus palmeras chatas recortándose al contraluz de un alumbrado pobre.  Hacía un poco de viento.  El alquitrán de los barcos y las conchas hechas trizas por la fuerza de las mareas se amontonaban sobre la playa, haciendo de barrera frente al oleaje.  A tientas, avanzó hasta el borde de espuma y se adentró en la masa oscura de agua, dejándose mecer por su vaivén y encontrándose, al fin, con el mar.